No soy masoca, soy rastrero.

Después de algunas (bastantes) horas con el Dark Souls está claro que en el fondo es igual que el Demon’s Souls: la clave para no morir una y otra vez es afrontar los combates del modo más ruin y rastrero posible.

Una cosa curiosa que no ha cambiado del Demon’s al Dark Souls es que de todas las criaturas que matas durante el juego las más fáciles son las grandes, los “jefes”. No porque sean fáciles en sí, si no porque la mayoría tienen truco.

Hasta que lo descubres te dan pero bien, pero no suele ser nada rebuscado.

De todas formas el juego ha mejorado mucho desde el Demon’s. Aunque la ambientación no es tan memorable, el hecho de que todas las zonas estén conectadas y te puedas mover entre ellas sin ningún tipo de espera para cargar los mapas lo hace más inmersivo y realista (dentro de lo extremadamente bizarro que es el juego en sí) y además los nuevos monstruos son bastante más impresionantes.

Al igual que en el Demon’s hay miles de cosas ocultas y objetivos secundarios. Sin usar una guía puedes jugar varias veces y no encontrar ni la mitad, ya que muchas dependen de que estés vivo o muerto en determinados momentos o de las relaciones con y entre los NPCs. Teniendo en cuenta que puedes matar a cualquiera de ellos en cualquier momento, sólo por esa parte ya hay bastantes variaciones posibles.

Hay desde cosas interesantes como nuevas zonas y misiones hasta cosas absurdas como nuevos gestos con los que celebrar la muerte de un jugador invasor.

De todas formas sigo pensando lo mismo que cuando la gente hablaba del Demon’s Souls: quien diga que este juego es difícil es que no vivió la época de los 8 bits.