Dark Souls 3 y el “je ne sais quoi” perdido

Mentiría si dijese que soy fan de Miyazaki de toda la vida porque en la época de su Armored Core no conocía de nada ni el juego ni al autor, pero desde el inicio de la saga Souls me enganchó totalmente con su habilidad de crear mundos interesantes (sin ser necesariamente originales) y el halo onírico en que conseguía envolverlos con su forma peculiar de contar historias.

El Demon Souls debí completarlo mínimo cinco veces, y Dark Souls otras tantas. El Dark Souls 2 me lo salté, no me acababan de convencer lo que vi del juego y la ausencia de la dirección de Miyazaki me daba un poco de mala espina.

Bloodborne me pareció sencillamente genial, y para no ser menos he debido de completarlo al menos siete veces. Es hasta cierto punto la misma fórmula de los Souls, sin innovar en nada, pero con algunas mecánicas nuevas y una ambientación victoriana que le da un aire diferente.

El Dark Souls 3 llegó con una mezcla de expectativas contrapuestas: por una parte estaba claro que iba a ser una nueva iteración de la misma fórmula (que entre la saga Souls previa y todos los juegos influenciados por ella empieza a hacerse añeja), aunque por otra Miyazaki volvía a estar en la dirección del proyecto y echaba algo de menos las sensaciones de Dark Souls 1.

Y no puedo decir que el juego sea malo (de hecho es excelente) pero no se… tengo la sensación de que algo falla. Hay algo que no es lo mismo, algo ha cambiado, y no de forma positiva como en el caso del Bloodborne.

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A espadazos por el mundo

A pesar de las extremas similitudes entre Demon’s Souls y Dark Souls hay varias novedades curiosas en éste último que aportan más interés y horas de juego. Una de ellas son los pactos: podemos elegir entre varios grupos y establecer un pacto que nos dará objetivos secundarios y habilidades extra.

En esta primera ronda por el juego me he metido en el pacto del Camino del Dragón, que además de sonar guay te da la habilidad de convertirte tú mismo en un dragón, y un objeto que en teoría te permite recolectar más fácilmente las siempre útiles escamas del susodicho bicho.

Como digo suena guay, pero luego resulta que no lo es tanto.

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Vuelta al tajo

Tras semanas (¿o meses?) sin tocar este juego infernal finalmente me he decidido a seguir avanzando con él.

Ahora el problema que surge es: ¿y dónde diablos me había quedado yo? ¿A dónde tenía que ir? Por si no fuese ya bastante complejo el juego de por sí ahora encima ni siquiera recuerdo qué tenía que hacer.

De momento he llegado a la Ciudad Infestada (por algún sitio había que tirar) y se ha abierto ante mi un nuevo nivel de infernalidad. Si el juego ya es dificilillo en general, en esta zona se añaden dos cosas:

  • Nuevos bichos aun más tocapelotas si cabe.
  • Por alguna extraña razón en esta zona (y sólo en esta zona) el juego a veces da tirones.

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No soy masoca, soy rastrero.

Después de algunas (bastantes) horas con el Dark Souls está claro que en el fondo es igual que el Demon’s Souls: la clave para no morir una y otra vez es afrontar los combates del modo más ruin y rastrero posible.

Una cosa curiosa que no ha cambiado del Demon’s al Dark Souls es que de todas las criaturas que matas durante el juego las más fáciles son las grandes, los “jefes”. No porque sean fáciles en sí, si no porque la mayoría tienen truco.

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Eres masoca?

Aunque me lo pasé como un enano con el Demon’s Souls, al juego se le notaba algo cojo. Es como si fuese una idea algo incompleta, una especie de borrador.

El Dark Souls viene a ser una nueva implementación de esa misma idea. Vamos, que es el mismo juego pero cambiando la historia (aunque empezamos igual de perdidos que en el anterior) y el entorno.

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